TomásLlega a su casa, coge la revista y se mete al baño. Ahí dentro, saluda a la modelo de cabello castaño, piernas largas y senos firmes que sale fotografiada en la página 23. Ésa que parece que con la mirada lo llama y le jura muchas veces que lo que más desea es, simplemente, estar con él. Así que Tomás no tiene de otra, más que conceder ante la súplica, sacarse la pistola y concentrarse en hacerla feliz.
La moda de talle bajo y falda corta puede volverlo loco; ese lunar cerquita de la boca que encaja perfecto con su sonrisa, le fascina. Puede acariciarle con su índice las piernas durante todo el día, pero el problema es que Tomás no tiene todo el día; una fila de muchas señoritas que quieren comprar, lo está esperando en la tienda. Entre las que aguardan abajo, también está Norma; ella es la culpable de todo esto. Cuando Tomás está cerca de ella, irremediablemente se le para y se ataranta tanto, que no es capaz de poner atención en otra cosa. Se desconcentra porque la comienza a sentir dura y acaba haciéndolo todo mal. Por eso, para salvarse, se metió al baño y en este instante va a quitarse todas esa ganas de explotar.
Entre esas cuatro minúsculas paredes le empieza a acariciar los senos a la modelo. Después, le habla al oído y le dice cosas tremendas. Por ejemplo, en este momento le está diciendo que va a sentir lo que ninguna vieja ha sentido jamás: “Abrigarse por completo en semen”. Dice que va a “disfrutar del tenue cobijo de su esperma por todo su cuerpo, menos en su interior...”, y es que la modelo que está sobre sus rodillas es tan sólo una foto plana de dos dimensiones, su esencia captada en una micro centésima de segundo. Con eso debe conformarse. Entonces, Tomás comienza a hacerse la puñeta cada vez más rápido con la mujer de la página 23 de la revista.
La neta, en este momento en que tiene prisa, con la mujer de la revista es suficiente. No quiere poseerla, ni tampoco hacerla suya. No quiere oírla hablar por teléfono ni tener que preguntarle de qué sabor le gustan los helados. No desea conocer a su madre ni tampoco a sus hermanas. No quiere compartir con ella la cama ni el presupuesto de la semana. La desea, sí, pero para llenarla de espermas imaginando que se la está metiendo por la boca en este momento. Que ella va a agradecerlo con los ojos y va a comenzar a disfrutar, pero algo se cruza de repente. Como si fuera una estrella fugaz aparece Norma, la bella mujer de quien vive, desde hace tiempo, completamente enamorado y con la que no se atreve a hablar. Norma, la chava que se encuentra abajo.
Cuando Tomás está justo por acabar y siente que va a tocar el cielo, aparece una Norma casi celestial, con esa mirada de ángel que lo deja pendejo, y entonces esboza una sonrisa tonta y se le van las fuerzas pensando en ella; Norma… a ella sí que le haría un hijo. Ésa es otra historia. Con ella, él quisiera estar por siempre, y cuando piensa en vivir para toda la eternidad con Norma para atestiguar cómo se le irán cayendo los senos, cómo se grabarán las huellas de su sonrisa en el rostro, entonces, ya no puede eyacular.
A Tomás se le va bajando. Desaparece su fuerza y su vigor. Se da cuenta que pasaron ya más de cinco minutos. El pobre hombre nomás no eyacula y los huevos le comienzan a hervir, no puede controlarlo. Logra escuchar el ambiente; todo lo que oye suena a costumbre. Respira hondo. Como si estuviera fuera de sí mismo, escucha su aliento. Baja corriendo las escaleras y se concentra en su trabajo. La tienda, el almacén, su clientela, la caja, el cambio. Levanta la vista, Norma ha desaparecido. Pasa la perturbación. Puede seguir atendiendo a la que sigue, todo vuelve a la normalidad menos para Tomás, quien sabe que ya son más de seis meses que no puede eyacular.